Menu
17/09/2021
A+ A A-

Cuba: Las secuelas de la pandemia

Cuando se logre domar la pandemia, la Isla estará devastada desde los puntos de vista económico, político y social.

La baja tasa de natalidad frente a la longevidad y la emigración de la población ya resultaban preocupantes antes de marzo de 2020, cuando llegó la COVID-19 a Cuba. La población de cero a 14 años era el 16,4% del total, y de 60 años y más el 21,5%. Un año y medio después, más de 70 000 menores de 18 años, incluidos recién nacidos, han padecido la enfermedad.Aquellos que son salvados de la muerte pueden quedar con secuelas físicas y psíquicas, con implicaciones para el futuro propio y de la nación.

De acuerdo con varios reportes médicos, las secuelas más comunes son la miocarditis (inflamación del músculo cardiaco) y la pericarditis (inflamación de la capa exterior que cubre el corazón), hipertrofias de ventrículos, sudoraciones profusas, hipertensión arterial y arritmias, incluso en los niños pequeños. También pueden quedar algunas alteraciones neurológicas, como la encefalitis, daño renal e intestinal, pérdida del gusto y anorexia.

Los niños ingresados en los hospitales, y en ocasiones separados de sus padres, desarrollan excitabilidad, miedos y falta de concentración, afecciones psicológicas que pueden tener solución satisfactoria si se tratan a tiempo, según la doctora Lissette del Rosario López, jefa del grupo Nacional de Pediatría del Ministerio de Salud Pública.

Desde el inicio de la pandemia hasta la primera semana de agosto, 69 539 pacientes menores de 18 años se reportaron en Cuba infectados con la COVID-19, el 15,8% de las personas contagiadas en el país. En la primera semana de agosto de 2020 solo hubo siete pacientes, ninguno lactante, en La Habana y Artemisa, mientras en igual fecha del presente año se reportaron 7 900 casos pediátricos ―de los cuales 490 eran lactantes― distribuidos por las 14 provincias del país. Más de 400 casos estuvieron en terapia intensiva, aunque la supervivencia alcanzó el 99,9%.

Los niños y jóvenes contagiados con la COVID-19 muy probablemente quedarán con las secuelas del encierro en espacios reducidos o superpoblados, sobre todo en las zonas más depauperadas de la capital, tanto en Centro Habana y La Habana Vieja como en los barrios marginales y cuarterías dispersas por toda la ciudad, lo que ha fomentado las desavenencias, con incidencias negativas en el respeto familiar y social.

Con escasa agua potable, mucho calor, poca comida y sin clases, juegos, ejercicios físicos al aire libre y la socialización con los amigos y condiscípulos habrán pasado los meses. El acceso a las redes sociales, imposible para una cantidad amplia de ellos, por los estrechos ingresos económicos de la familia y por no tener parientes afuera que envíen remesas. Además, los valores morales y éticos y la educación formal se han ido degradando en el ambiente inevitable de las colas para adquirir productos esenciales.

Ante las prohibiciones establecidas por el Gobierno desde hace 62 años, y perfeccionadas por la continuidad, los jóvenes y cubanos en general añoran “escapar”. Una apertura con garantías a la iniciativa privada en todas las profesiones y oficios, que permitiera la prosperidad económica, podría incentivar la permanencia dentro de Cuba. Eso crearía mejores condiciones para los tratamientos médicos, la adaptación psicológica y los estudios de la generación COVID-19.

Cuando se logre domar la pandemia, Cuba estará devastada desde los puntos de vista económico, político y social. Para la superación de esta grave crisis el país necesitará ciudadanos fuertes, emprendedores y con plenas posibilidades de desplegar sus capacidades. El Gobierno debería propiciar oportunidades para que los cubanos no emigren, y que muchos regresen a trabajar e invertir en esferas productivas. Las erogaciones del presupuesto nacional serán elevadas, si se mantiene la salud pública universal, por el añadido de las enfermedades vinculadas a la vejez y al coronavirus, así como la seguridad social a los pensionados y discapacitados.

Las principales ataduras serán las que impongan las autoridades, las secuelas de la COVID-19, la ancianidad y la despoblación.